domingo, 5 de septiembre de 2010

El TreTren y el caicay-vilu




Dícese que hace mucho tiempo vivía en Ancud una niña muy hermosa, la que acostumbraba pasear por las orillas del mar recogiendo conchitas y sin saber que los enamorados ojos de los malos espíritus le miraban desde las profundidades.

Un día, al cometer la imprudencia de entrar al mar para jugar con su espuma, sintió en sus tobillos un cosquilleo. “Serán los pececillos”, dijo sin detener su Juego. Repentinamente el cosquilleo se transformó en un fuerte resoplido y ella retrocedió espantada. Fue entonces cuando el Trauco surgió tratando de atraparla y diciéndole que la deseaba por esposa. La niña lo rechazó implorando ayuda: "¡Sálvame, Caicay-vilu de tu hijo”

Vino Caicay-vilu atraída por los gritos. Pero como es una serpiente mala y madre del Trauco, no tenía intenciones de ayudar a la afligida niña, e hizo unos firmes nudos amarrando su larga cola en las piernas de la muchachita. “Si él lo pide tienes que ser su esposa", le ordenó, atándola a una roca. Y así quedó la pobrecita niña llorando prisionera, y como las lagrimas son una mermelada para los espíritus malévolos, el Trauco más la quería y la hacía su esposa a la fuerza. Por eso fue entonces que un día la niña fue mamá de una guaguita chiquitita. El Trauco y su madre, la serpiente Caicay-vilu, estaban contentísímos. Nunca cesaban de llevar mariscos para que se alimentara en la roca donde ella también era una prisionera.

Pasaron los meses y un cangrejo visito a la triste mamá y a la niña. “Malas nuevas te traigo -habló. El Trauco y Caicay-vilu van a quitarte tu hija, porque se la han vendido a un Pillán que desea matrimoniarse con ella”.

La niña comenzó a llorar a mares, desconsolada por la gran maldad de su esposo y de su suegra. “No quiero que me lleven a mí hija repetía. El llanto viajó en el viento llegando a oídos del Trentrén, serpiente que odiaba a Caicay-vilu y al Trauco, y se puso en marcha de inmediato. “Yo la ayudaré, yo la ayudaré”; diciendo esto estuvo pronto en el roquerío ante la níña y su hija. No llores más las llevaré conmigo a un refugio que tengo en los cerros y donde nadie podra causarles daño”. No bien alcanzó a decir esto, cuando apareció Caicay-vilu para atacarle. Quiso moderle con sus filudos dientes y matarlo, pero como no podía salir del mar y llegar al roquerio, Caicay-vilu llamó al Trauco. El hijo vino a socorrer a su madre serpiente, armado can un madero.

-¡Prepárate a morir! -gruñó el Trauco.

-No me hagas reír -respondió el Trentrén, sonriendo.

Estaban cara a cara, frente a frente, a punto de enredar sus colas en una lucha a muerte, cuando la niña rogó al Trentrén que primero salvara a su hijita. -Pónmela en la boca -pidió el Trentrén, la voy a salvar al tiro, después terminare la pelea con este gusanito. El Trauco y Caicay Vilu trataron de apresar al Trentrén y a su preciosa carga, olvidando que sus piernas mochas no servían para alcanzarlo en un suspiro el Trentrén estuvo encaramado y perdido con la guagua entre los cerros.

-¡Nos vengaremos! -juraron las serpientes, corriendo hasta la morada del Pillan.

Cuando le contaron al Pillán lo hecho por el entrometido Trentrén, llamó a sus hermanos también pillanes y juntos comenzaron a tirar, sobre la desprevenida tierra, montones de agua que guardaban en las nubes.

Abajo la gente corría enloquecida, de un lado a otro, luchando por no ahogarse en las gigantescas y rabiosas olas que inundaban la tierra. En medio de la confusión, la niña, todavía amarrada a las rocas, clamó ayuda al Trentren. La buena serpiente se asomó sobre su cerro. Al ver lo que sucedía, gritándole a la gente, ordenó que subieran todos a su cueva.

Hombres, mujeres, niños y animales comenzaron a trepar desesperados, tropezando unos con otros. Muchos caían de las laderas hasta el mar, lanzando alaridos, y Caicay-vilu los convertía en horribles pescados, mientras el Trentren, que quería salvar a toda la gente, agrandaba más y más el cerro sobre las aguas que no paraban de tragarse los bosques y los montes. Caicay-vilu y el Trentren así combatían. La mala serpiente matando y convirtiendo en pescados a las personas, la buena serpiente haciendo crecer el cerro para salvarlas. Y esta descomunal pelea transcurrió durante muchísimos días y muchísimas noches.

Caicay-vilu, a pesar de todo, estaba venciendo. Inundada la tierra, ahora sí podía subir el cerro. Se paró sobre su larguísima cola, cuya punta la apoyaba en el fondo del mar, y logro agarrarse de una roca para darse impulso y trepar unos metros cerro arriba. Sus esfuerzos tendrian que llevarle hasta el escondite de la guagua, pensaba arrastrándose. El Trentren, sin embargo, no se daba por vencido. Salió de su cueva y de un colazo desprendió un inmenso peñasco en las alturas del cerro. Este rodó arrastrando a Caicay-vilu pesadamente en una caida que terminaría perdiendo a los dos en las aguas.

Las aguas volvieron al mar. La gente salvada por el Trentren comenzó a retornar a las rucas, comentando el gran combate.

El gentío sólo se detuvo un par de veces para contemplar una maravilla nacida al pie del cerro: una laguna que señalaba el sitio donde perdiera la vida la odiosa Caicay-vilu.

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